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Descargas > 2º Certamen literario "Villa de Cilleros" 2010 > Relato

El Balancín de nuestros sueños


Sentados en el balancín que tú mismo fabricaste, envueltos en el barullo de la fiesta y sin poder pronunciar ni una sola palabra, inundados por la mentira que en breve tendré que vivir.
Recuerdo cuando esto era tan sólo un pedazo de madera sin forma. Estabas sudando, hacía calor y estabas cansado de trabajar en el campo. Yo me quedé un rato observándote, presa de una sensación de plena felicidad. Te volviste y me miraste, con esos ojos tuyos que tanto me dicen, sonreíste, silbabas de una forma tan alegre… Me acerqué y dejaste de silbar para explicarme lleno de entusiasmo, que aquello que tallabas sería un balancín donde podríamos mecernos después del trabajo en el feudo. Con el tiempo, las ganas y el esfuerzo, conseguiríamos formar una familia. Primero nosotros, dijiste; y luego ya haremos más balancines para los que vengan.
Ahora estás sentado en él y parece que todos los sueños que en sus patas has tallado no son más que mentiras. Pero yo te quiero ¿Me oyes? Yo te quiero. Te quise desde el momento en que oí tu voz. Me siento muy feliz a tu lado. Hasta que tú no entraste en mi vida, todo eran pequeñas derrotas que me comían cada día, sin ansias, sin ilusiones, sin nada por lo que luchar. ¿Para qué soñar con salir de aquí? ¿Para qué si nunca lo conseguiría? Y nunca pedí ser campesina y convivir con el hambre y el frio, sin tener nada. Vivir dependiendo de estos señores que nunca están satisfechos. Pero llegaste tú, con esa felicidad de la que tanto necesitan los señores. Aun tenías mucho menos que yo pero siempre sonreías. Eso me asombró.
Recuerdo que fue el día que tuvimos que ir a pagar los impuestos. Hacía mucho frio, uno de esos días en los que el viento helador del norte te corta la sangre. Tuve que ir yo a pagar porque mi hermano había enfermado. Me coloqué en la cola sin querer hablar con nadie, ensimismada en mi propia melancolía. De repente unas risas me trajeron de nuevo a la realidad, eras tú. Te acababas de colocar detrás mí, y te reías porque tu padre se había tropezado con una rueda de molino. Tú no parabas de reír, y al final conseguiste que tu padre también se riera contigo. Luego llegó el momento de pagar, vosotros no teníais suficiente, pero pedisteis clemencia sin perder la dignidad, algo a lo que yo no estaba acostumbrada. Defendisteis vuestra condición de trabajadores honrados, de los que nunca han dejado de trabajar ni de servir al Señor en lo que terciase. Yo me quedé observándoos, erais una pareja peculiar, padre e hijo unidos por una química perfecta. Él empezaba una frase y tú la concluías sin vacilar.
Vi tu cicatriz, esa cremallera que recorre tu cara morena y repentinamente me entraron unos deseos irrefrenables de preguntarte por ella, pero no hizo falta. Parecía como si hubieras leído mi pensamiento, porque le dijiste al lacayo del Señor que la cicatriz era fruto de una de las guerras que tuvo el feudo contra el feudo vecino y en la que tú participaste como soldado. Sabías que ese espíritu guerrero despierta cierta compasión entre los nobles. Fue así como os dejó marchar, os dijo que no se volviera a repetir y os dio permiso para iros. Acto seguido le regalaste un guiño de complicidad a tu padre. Eso también me gustó.
Fue en ese preciso instante cuando empecé a quererte, Sí, a quererte. Despertaste en mí las ganas de hacer desaparecer toda la apatía y el rencor que había gestado desde pequeña. Fue el momento en que empecé a darme cuenta de que ser campesino y ser feliz no es imposible. Me levantaba cada mañana con la esperanza de verte por los caminos, iba al pozo a por agua sólo para ver si te encontraba y podía volver a oírte reír.
Una mañana, a las puertas de Navidad, tú te acercaste a mí. Yo estaba cansada de la tierra, otro año más se nos había congelado parte de la cosecha y la enfermedad de mi hermano se iba agudizando sin ver remedio. Fue cuando no me di cuenta de que había un socavón en el suelo y me caí. Cuando abrí los ojos, y todavía con el susto en el corazón, apareciste tú, tendiéndome la mano y con una seria expresión de compasión hacia mí. Me preguntaste si me encontraba bien. Yo recuerdo con más susto tu mano en la mía que mi propia caída. Entonces te pusiste a hablar conmigo. Sin más, me cogiste el cubo y comenzaste a andar hacia el pozo dando por hecho que yo te seguiría. Mejor dicho, dando por hecho que tú debías acompañarme.
Aquello fue como un nuevo cuento ¿te acuerdas? Tú no parabas de hablar, hablabas y hablabas y tú mismo te reías de lo que decías. Contabas algo acerca de una mañana cuando con asustaste de tu propia imagen al ir a buscar agua al pozo. Hablabas y reías, reías y hablabas. Yo pensé que mi presencia no cambiaba en nada la situación, ya que en ningún momento pronuncié palabra, simplemente me limité a seguirte, a escucharte, a retener en mi corazón cada gesto, cada sonrisa, cada palabra que tú decías. Mi corazón estaba a punto de salirse por la boca cuando tú, tras llenar los dos cubos, los agarraste sin vacilar y me preguntaste dónde vivía. No podía responder, porque en aquel momento me había quedado muda. Era como si hubiéramos sido amigos desde la infancia, como dos compañeros de juego y de vida inseparables. Aquel pensamiento me agradó tanto que al fin logré responderte, incluso agarré uno de los cubos para ayudarte en el camino, pero tú te negaste. ¿Te acuerdas de eso? Fue el principio de todo, el nacimiento de todo lo que ahora nos une. Recuerdo que cuando llegué a casa todo mi cuerpo temblaba, había olvidado que tenía que darme prisa en hacer las tareas, porque padre vendría pronto. Una sonrisa estúpida se adueñó de mi rostro y todo cuanto hacía se veía impregnado de una alegría fuera de lo común. Mi hermano se dio cuenta de todo. Hacía mucho tiempo que no me había visto tan contenta. Entonces me tumbé a su lado y comencé a contárselo todo, momento a momento, mirada a mirada, cada palabra se la relataba con la exacta entonación con la que había sido dicha, cada gesto que tú habías hecho se lo expresaba mil veces, arrancándole de su enfermedad pequeñas sonrisas. Fue un día perfecto para mí.
Nos volvimos a ver, ¿Lo recuerdas? Cada uno esperaba al otro en la bifurcación del camino para ir juntos hasta el pozo. De aquellos paseos nació nuestra amistad. En realidad, tú has sido el único amigo que he tenido nunca; y la persona que mejor me ha tratado siempre y más me ha ayudado, sobre todo cuando murió mi hermano, ¿Te acuerdas tú de aquellos, de cuando fuimos a enterrarlo? Es otra diferencia del Señor que no puedo soportar, Ellos mueren rodeados de hijos y riquezas; se les coloca el mejor traje, y les dedican los mejores versos. A las mujeres nos obligan a enlutarnos varios meses y a llorar su alma para luego enterrarlos en la Iglesia. En cambio nosotros no podemos ni dejar de ir al campo ese día. Tenemos que madrugar y cargar al difunto en el carro, llevarlo hasta la tierra de la muerte y quemarlo rodeado de rastrojos.
Hemos compartido mucho, hemos compartido muchas cosas durante todo este año, y esta mañana ha sido la culminación. Después de tantas miradas, tantas sonrisas y tanto tiempo empleado en construir nuestros sueños nos hemos casado. Creo que nunca me había sentido tan feliz.
Hoy éramos nosotros los dueños de la fiesta, aunque yo apenas me enteraba de lo que pasaba, porque sólo tenía ojos para ti. Tan sólo quería cogerte de la mano y escaparnos del bullicio, de las miradas, correr juntos hasta caernos del cansancio, solos, tranquilos; para mirarnos a los ojos, para besarnos sin pudor. Pero cuando cayó la tarde vi la angustia en tu mirada, vi la rabia en tu silencio. ¿Es que crees que para mí es fácil? Yo también tengo miedo, estoy aterrorizada. Nunca supimos hablar de esto, lo intentamos varias veces pero nunca fuimos capaces de pensar en la primera noche. Y ahora, mira, aquí los dos mirándonos a los ojos sin poder decirnos nada; inundados por un pánico atroz; ¿Cómo escapar de esto?
Dentro de un rato vendrán a buscarme los predilectos del Señor. Me cogerán por el brazo y me acompañarán entre risas hasta sus aposentos. Él ni siquiera sabe cómo me llamo. Cuando bajaron a preguntar sólo apuntaron que era una muchacha de diecisiete años, rubia, de cuerpo fino y con ojos negros. No sabe si me gusta reír o si mi tono de voz es bonito. No sabe que me gusta cantar a todas horas y que puedo tocarme la punta de la nariz con la lengua. Él no sabe nada de mí, nada; pero quiere pasar la noche conmigo. Para tocarme, para besarme con besos obscenos y para disfrutar de su poder sin dejarme decir ni una sola palabra. Él no sabe nada de mí, nada; pero si supiera cuánto te quiero, si pudiera ver hasta qué punto te amo y adoro mi vida porque está junto a la tuya; hoy no me llevaría hasta sus aposentos, porque se sentiría como quien toca un cuerpo muerto, como quien disfruta de un cuerpo sin vida. Pero eso a él no le importa.

Estamos sentados en el balancín de nuestros sueños. Acaricias mis manos con angustia y la rabia se va apoderando de ti, porque ya no queda tiempo. Sé que romperás a llorar en cuanto aparezcan. Y yo no puedo dejar de mirarte. Me gustaría poder decirte todo esto, lo que pienso; pero el miedo y la impotencia me impiden pronunciar palabra. Te quiero. Quiero pasar hasta el último día de mi vida a tu lado. Me da asco pensar en lo que va a hacer conmigo el Señor, pero no me queda más remedio que vivirlo. Yo sólo quiero que pase pronto, para vivir contigo, para hacerte feliz, para caminar juntos, para construir nuevos sueños a tu lado; para que ésta sea la última noche que no descanso a tu lado.
Ya se acercan, se oyen sus carcajadas a lo lejos y no tardarán en llegar. Si pudieras oírme…

- Hasta mañana.



ISMAEL GONZALEZ GONZALEZ

 


Desde 19/10/2009

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