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Descargas > 2º Certamen literario "Villa de Cilleros" 2010 > Relato

Lola



Me llamaron Lola por mi abuela, porque dijeron que me parecía a ella y como nací con poco peso, pensaron que más valía tener a mi favor los buenos deseos del espíritu de la difunta.
A pesar de los malos augurios de la comadrona, las vecinas, las tías de mi madre y demás visitas sobreviví a los primeros meses. Mi madre me alimentaba amorosamente con sopas de pan que me daba con una diminuta cucharita, las viejas diagnosticaron que tenía los pechos secos, por eso me privaron de la leche materna. Aunque yo creo que entre todos la pusieron nerviosa y pagó su primeriza maternidad con la retirada de la leche.
Ella, de todas formas, me apretaba fuerte contra su pecho para que no notara la carencia del abrazo materno y lo dulce de su olor.
Las sopas no eran suficientes para saciar mi hambre, y en consecuencia no dejaba de llorar, de día lloraba porque no estaba llena y de noche lloraba de puro cansancio de no poder dormirme con la barriga vacía.
Tanto llanto terminó por alarmar a las vecinas que entraban y salían de casa de mi madre con remedios caseros; ella los aceptaba resignada y desesperada los ponía en práctica con más buena voluntad que fe en ellos. Pero yo cada vez lloraba más; ahora agua con miel, ahora anís, eso serán los gases, que no, que será algo de la sangre, si a su padre le pasó igual,…. Y luego venían las historias de tiempos antiguos, que si un hermano mío estuvo así tres días y al cuarto murió, que si eso te pasa por bañarte en los días de luna llena, que ahora os pensáis que todo se arregla con el agua.
Cuantos más comentarios pesimistas peor se ponía mi madre y más alto lloraba yo. Al final y haciendo un esfuerzo llamaron al médico, que ejercía también de veterinario y alcalde; acudió cuando pudo y enseguida determinó que aquello no tenía remedio y que en unos días, una de dos; o se moría la niña o tiraba para adelante pero que eso no dependía de nadie, que estaba en manos de Dios. Y en lugar de receta le dijo a mi padre que buscara al cura, lo que provocó que el pobre hombre diera un fuerte golpe en la mesa que hizo incluso caer el retrato de mi abuela Lola de la pared.
Mi padre, que era una persona mucho más terrenal, salió de casa sin decir nada (era un hombre de pocas palabras) y al cabo de unas horas volvió con una burrita blanca, un poco coja, patizamba y con una expresión de adorable inocencia.
A mi madre casi le da un pasmo cuando vio aparecer a su marido por la puerta, desencajado y sin aliento, y con el rucio siguiéndole por la sala; a ella se le abrieron tanto los ojos y la boca que parecía esculpida en piedra. No se atrevió a decir nada y ante su consternación, mi padre señaló un viejo cubo y dijo; "¡ordéñala!"
Cuando hirvió la leche improvisaron un biberón con una vieja taza, le pusieron un trapo al que ataron con una cuerda y mi madre amorosamente lo inclinó sobre mi pequeña y hambrienta boquita; mmmm! cómo me relamía, tragué aquel manjar con tanta ansia que cuando acabé me entró un hipo eterno que duró casi dos horas.
A la burra la apodaron Clara por el color de su lomo y mi madre insistió en distinguirla con el "Doña" para agradecer su labor como madre lactante.
Cada vez que mi madre salía conmigo a la calle y se cruzaba con el médico, éste siempre le preguntaba si todavía estaba viva, ella le contestaba mostrando mis sonrosados mofletes, y él siempre se despedía diciendo que era "un milagro del cielo". "No, Don Gonzalo, este milagro es de Doña Clara", respondía siempre mi madre, pero creo que el médico nunca llegó a oírla y mucho menos a entenderla.
La burrita se hizo con un hueco en la familia desde el principio, a su inocente mirada se unió la gran paciencia que demostró con todos los niños de la familia. En ella hemos llegado a subirnos hasta cuatro infantes y encima de su lomo hemos cogido moras mientras seguíamos a mi abuelo camino de la huerta.
Le hemos dado de comer zanahorias que ella rechazaba una y otra vez, pero, como a niños y pesados no nos ganaba nadie, insistíamos hasta que el pobre animal cogía el vegetal con sus separados y salientes incisivos.
Y así, entre la leche caliente del pollino y los abrazos de mi madre, fueron pasando los meses y pronto despertó la primavera, para sorprendernos todavía con el brasero encendido debajo de la mesa camilla.
Con la llegada del suave sol y los días más largos, los vecinos se demoraban en las puertas de las casas sacando las sillas de enea, mientras en las cocinas se iban calentando las cenas.
Y aquí sobrevino el segundo drama familiar, que como siempre me tenía a mí como protagonista.
En cuanto el calor se hizo evidente, mi cuerpo se llenó de pequeños granitos rojos que empezaron siendo algo anecdótico en los muslos para extenderse poco a poco por todas partes. Y aquí volvieron las visitas de las vecinas, la tía agorera que a un hermano de su padre le salieron esos granitos en el cuello y tres días duró el pobre, que si eso va a ser la burra que tiene la leche mala, que si eso va a ser de dormir mucho, que a ver si va a tener chinches la cama, alguna pulga que le ha pegado ese perro sarnoso con el que siempre juega la niña,… así hasta cincuenta diagnósticos diferentes.
Mis padres sacaron literalmente la casa por la ventana, no hubo ni un solo mueble, cama, mantel, toalla, ropa, vajilla, cacharro de cocina, que no se expusiera en la puerta de la vivienda. Rociaron todo el hogar con lejía. Mi madre y una tía, rodillas al suelo con sendos trapos, no dejaron un rincón por restregar. Cuando suelos, paredes, puertas y ventanas pasaron por sus manos no quedó ni una triste hormiguita que osara a pasearse por la casa.
Satisfechas de la labor realizada, y con sus trapos en la mano (cual arma de destrucción masiva), frotaron con igual vehemencia muebles, mesas, sillas, somieres, estanterías, vajillas, ollas, cubiertos,…
La ropa la metieron en grandes barreños y la removían con palos para que se empaparan de otro líquido azul que mezclaron con agua.
Al cabo de 24 horas el olor a limpio llegaba hasta la plaza sin necesidad de respirar hondo.
La "operación limpieza" no finalizó hasta que me metieron (pese a mi oposición) en una palangana enorme y allí mano a mano consiguieron sanear todos los milímetros de mi piel.
A pesar de los esfuerzos de mi familia, las ronchas no remitieron. Mi padre salió de casa dando un portazo que hizo saltar el cuadro de mi abuela Lola de la pared.
Y antes de volver a presenciar el desfile de vecinas en casa, mi madre cerró oídos, puertas y ventanas y volvió a llamar a Don Gonzalo.
-"Parece que de ésta no se muere la niña", dijo el médico nada más entrar por la puerta (cosa que no tranquilizó a mi madre que no creía mucho en sus precipitados diagnósticos).
-"Mire doctor cómo tiene todo el cuerpo, ay madre mía, ay madre mía", exclamaba la pobre mujer desesperada.
-"Esto es una alergia, Amparo, no pasa nada"
-"¿Una alergia? Y ¿cómo se cura? ¿Qué tengo que hacer?"
-"Ahora mismo te vas a la botica y pides estas cosas", le dijo Don Gonzalo extendiéndole un trozo de papel garabateado, "las mezclas bien en el mortero y le pones el ungüento con una cataplasma, lo dejas que repose bien toda la noche y mañana no verás ni rastro de la erupción".
Mi madre, obediente, fue a la botica y siguió las instrucciones del médico. El remedio funcionó casi mágicamente y tal y como dijo el doctor en unas horas ni rastro de las ronchas.
La siguiente vez que mi madre se encontró con Don Gonzalo, éste sonrió y le dijo entre risotadas "ya te dije Amparo que la niña no se moría".
La única consecuencia negativa que tuvo este episodio fue que por culpa de los rumores acerca de la leche de Doña Clara, mi madre, por precaución, me privó de ese manjar, aunque la burrita se quedó para siempre con nosotros.
Antes de la llegada del verano pasé una época dura, en la que cambiaba de temperatura corporal según estuviera con mis tías, mis vecinas las agoreras, mi madre,… Unas se empeñaban en tapar a la niña "que este sol de primavera es muy traicionero", otras, como mi madre mucho más juiciosa, me quitaban las capas y capas de mantitas que enrollaban mi menudo cuerpo cuando me ponía roja como el pimiento y lloraba sin parar.
Aun así sobreviví, no sé si gracias al espíritu protector de mi abuela o al buen hacer de mi madre, siempre vigilante.
Con los rigores del calor mis encías empezaron a hincharse de manera sobrenatural y volvieron mis problemas; mordía, lloraba, babeaba, volvía a morder y volvía a llorar. Fue entonces cuando inevitablemente acudieron mis amables vecinas con sus "remedios"; el hielo es lo mejor, ponle anís en el chupete, hazle enjuagues de agua salada, infusiones con Melissa,… con los brebajes regresaron también las historias tétricas; "yasabéisquien" dijo que una vez una vecina empezó así y en tres días la niña en coma, dicen que si nos salieran de mayores no aguantaríamos el dolor,…bla bla bla
Mi padre miró la escena como otras veces, haciendo de paciente espectador, y sin intervenir enderezó el cuadro de mi abuela Lola que persistía una y otra vez en torcerse. Cuando se quedaron a solas, habló largamente con mi madre y decidieron mantenerse al margen de los antídotos caseros y aplicar el sentido común; con la calma llegó la recompensa y a los pocos días ya despuntaba blanco y radiante mi primer incisivo.
Habían superado esta crisis ellos solitos y, por fin, sonrieron aliviados, estaban progresando como padres primerizos.
Durante la vendimia aprendí a reptar, como ya me mantenía bastante bien sentada, me dejaban sobre una tela extendida en el suelo, rodeada de juguetes y allí si quería alcanzar algo no me quedaba otra que intentarlo por mis medios. Antes de acabar la campaña ya gateaba sin problemas, así que tuvieron que improvisar con cajas un pequeño parque para que no anduviera libremente por la tierra.
Después ya no me conformaba con estar en el suelo y apoyándome en cualquier cosa más o menos estable (una silla, una caja, las patas de una mesa, un mueble, el pantalón de papá) conseguía ponerme de pie. Y con mi espíritu aventurero volvieron las complicaciones para mis padres.
Las labores del campo y de la casa mantenían a los dos ocupados casi todo el día y nadie podía estar pendiente de mí todo el tiempo que yo requería. Así que empezaron a acudir las vecinas con sus inagotables sugerencias; ponedle un tacataca y dejadla libre por la casa, ya veréis qué pronto aprende, no, no, lo mejor es atarla con una sábana del pie así sabréis siempre donde está,… y de nuevo las historias trágicas, noséquién puso a su bebé en un tacataca y a los dos días ……"shhhhhhhh" le cortó secamente mi madre, "no me diga más, se cayó y se rompió la crisma", "bueno mujer", le contestó la vecina, "era sólo por ayudar".
Cuando ya parecía que las aguas habían vuelto a su cauce, otro sobresalto sacudió a mi familia; aunque esta vez no tenía nada que ver con mi salud.
Una mañana de domingo acudió mi madre al cementerio a limpiar la lápida donde descansaba mi abuela Lola. En una mano llevaba un ramito de margaritas blancas y amarillas y apoyada sobre su cadera iba yo, sujeta con un atijo hecho con una sábana vieja, balanceándome al ritmo de su paso.
Al llegar a la altura de la tumba de mi abuela, se quedó blanca y muda al mismo tiempo. Las flores secas estaban revueltas y esparcidas por el suelo en un desorden que no podía haber provocado el viento a no ser que supiera escribir, porque en letras rudimentarias, hechas con los pétalos secos, se podía leer claramente:

¡DEJAD A MI NIETA EN PAZ, COÑO!


MONTSERRAT VAZQUEZ MARTIN

 


Desde 19/10/2009

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