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2º premio Relato Adultos

 

La fotografía


Regresar al pueblo siempre me produce la misma sensación de vacío, como si me sintiera culpable por estar ausente tanto tiempo. Sin embargo, ahora que estoy a tres kilómetros de Cilleros, todo me resulta tan familiar como si hubiera pasado ayer mismo por esta carretera: los olivos, las viñas, el mismo bache en la misma curva, la hierba adueñándose de las cunetas. En la carretera que viene de Moraleja siempre hay alguien que circula a 50 por hora, como si no quisiera llegar nunca. Arriba el pueblo, la sierra con su jirón de niebla prendida en lo alto. Los febreros siempre le han dado un color especial, líquido, como si siempre estuviera a punto de llover.
Son casi las tres de la tarde. Sé que no veremos a nadie por las calles, acaso algún abuelo de los que come temprano y baja a La Gloria a jugarse el café (léase el honor, en según qué casos). El Caño estará desierto; el kiosco, cerrado. Cada vez que vuelvo, nunca sé si conoceré a la gente que veré por la calle. Guapa, ya tienes edad suficiente como para tener que conocer a los más jóvenes por la pinta---, me digo. Todo seguirá igual, estoy segura. Quizá todo un poco más pequeño, como si el pueblo aprovechase para mermar en mi ausencia.
Dos kilómetros. Mi marido está concentrado en conducir, demasiado concentrado incluso. Será para no tener que prestarle atención a la irritante canción que mis hijas van cantando en el asiento trasero. Es increíble la capacidad que tienen los hombres para abstraerse, como si el mundo no fuera con ellos. Podría decirle que me voy a hacer del Ku KIux Klan y ni siquiera llegaría a mirarme. A lo sumo, me soltaría "no conozco a ese diseñador, cariño". Él, cargar el maletero; para mí, todo lo demás. Todo el día en danza. Desde esta mañana, haciendo maletas, desayunos, bocadillos, preparando a las niñas... Bueno, y un ratito para entrar en el foro de Fernando, que ese no me lo salto. Sin embargo, la foto de hoy me ha dejado un poso amargo que arrastro anclado en el paladar desde esta mañana. Es del año 81 -se dice pronto, ¡treinta años! Es el día de San Blas. Cuatro escopeteros disparan al aire apoyados en la casa de mi vecina Mari: mis primos, Lalo y Antonio, el hijo de mi vecina, Miguel, y otro de la cuadrilla que no consigo conocer. En medio, mi madre, entre compungida y asustada, con los ojos muy abiertos, y a punto de llevarse las manos a la cabeza, como arrepentida de haberse colocado tan cerca de las escopetas. Sí, recuerdo bien esa foto, recuerdo cada detalle de esa mañana, será por eso que la he impreso y me la he traído conmigo para enseñársela a mi madre. Creo que ya ha pasado el tiempo suficiente desde aquel día, un martes, 3 de febrero de 1981. El día en que murió mi padre. Yo tenía 9 años.
Sé que estaba soñando con algo que me había pasado la tarde antes en la Lancha de Cristal con mis amigas, cualquier tontería, cuando me despertó un ruido, como de cristal que se había hecho pedazos en la cocina. Un vaso ---pensé--, mi madre, que estará fregando la loza. Mientras me despertaba, me pareció oír muy débilmente la voz de mi padre, sorda, como si le dijera algo al oído a mi madre. Mi madre también susurraba, pero su voz temblaba, como si estuviera llorando. Es por lo del abuelo -me dije mientras trataba de escapar de las garras del sueño. Luego, otro ruido seco de algo chocando contra la encimera de la cocina. Los vasos del escurreplatos tintinearon un poco. Después oí a mi padre salir de la cocina camino del salón. Creía que se había ido de caza, no entendía muy bien qué hacía en casa.
Miré el reloj de la mesita y vi que eran casi las diez. Deslicé mi mano sobre las sábanas para comprobar que, salvo el diminuto espacio que yo ocupaba, el resto de la cama estaba fría, casi húmeda. En Ci1leros a veces el frio era tan húmedo, que las camas parecían un poco como mojadas y por las noches había que meterse en ellas muy rápido y moverse mucho hasta conseguir calentar la parte en la que te ibas a quedar. Creo que todos los niños de mi edad aprendimos a no salirnos del lado calentito durante toda la noche.
Consigo incorporarme. Si la cama es fría, el suelo de terrazo lo es aún más, hasta el punto que consigue atravesar la goma de mis zapatillas de felpa. Llego a la cocina. Siempre era lo mismo. En el aire, el olor dulzón de la leche cociendo a fuego lento, mezclado con el de la carne guisada que mi madre prepara para estas fechas. Mi madre, de espaldas, haciendo algo en la encimera. Siempre que pienso en la cocina de mi casa, mi madre está en ella y siempre de espaldas. Su jersey de cuello vuelto sobresaliendo por encima de una bata demasiado vieja incluso para la época. A la cintura, siempre presente, el nudo del mandil. Bata, mandil y siempre de espaldas en la cocina: esa es una imagen de mi madre que siempre tengo fresca, como si la hubiera visto ayer. Me encantaba llegar a la cocina por las mañanas y abrazarme a ella. El mandil siempre estaba mojado de haberse secado las manos en él, pero, al contrario que las sábanas, la humedad del mandil era más cálida, casi refrescante. Es curioso como tomamos algunas cosas del pasado y olvidamos otras. Debe ser que no somos ni dueños de nuestros propios recuerdos.
Hola, mama.
- Hola, hija. Venga, desayuna.
- ¿Cómo es que está papa en casa, no había ido a cazar?
- Es que se ha ido esta mañana muy temprano, hija, porque hoy no se puede y no quería que nadie lo viera, pero como él es así... Incluso de espaldas, notaba que mi madre había estado llorando.
- ¿y dónde ha ido?
- Está en el salón, como siempre, limpiando la escopeta, que querrá salir luego.
- ¿Y qué pasaba antes? ¿Habéis discutido? Mi madre guardó silencio. -¿Es por lo del abuelo?
- Si, hija, si. Ya sabes que está muy malito y nos preocupa. Eso es.
- Pero lleva así mucho tiempo, ¿no? No te preocupes, él dice que está acostumbrado y que, de momento, no se piensa morir.
-Tu abuelo es muy fuerte, hija, ha padecido mucho.

Estaba acabando de desayunar mis magdalenas favoritas, las de La Flora, cuando mi madre miró el reloj y se giró súbitamente hacia mí,
¡Espabila, hombre, que ya te dije que hoy a las diez y media tenías que ir a recoger las perrunillas a lo de la Margarita!
- ¡Pero si hoyes San Blas! ---protesté--. Estará cerrado.
- ¡Que no! --me espetó nerviosa mi madre--. Ya he quedado yo con ella en que a y media te pasarías a buscarlas.
-Pero...
- ¡No me repliques! ¡Venga, vístete que vas a llegar tarde! Además, luego vienen los primos a hacerse una foto y si no te das prisa no llegarás a tiempo.
- ¡Ah, vale! Pero diles que me esperen, ¿eh?, que yo también quiero salir.

Diez y veinte. Me vestí todo lo rápido que pude. Se me olvidaba, por aquel entonces la ropa también estaba helada. El frío y la humedad no respetaban ni el interior de los armarios. Un niño de los de hoy en día se cogería una pulmonía si se pusiera aquella ropa. Eran otros tiempos, supongo.
Me despedí de mi madre, que volvió a meterme prisa. Al pasar por el comedor, vi a mi padre sentado en una silla, inclinado sobre la escopeta. En la mesa está la bolsa con los cacharros para limpiarla. Nunca llegué a aprenderme cómo se llamaba cada cosa.
¡Hola papa! ¿Ya has vuelto? Él seguía enfrascado en lo suyo.
- ¡Hola hija! Sí, ya he vuelto --dijo sin levantar la cabeza.
- ¿Has cazado mucho? -, le pregunté curiosa. Él, con la escopeta abierta, dirigió los caños hacia mí, corno mirándome sin mirarme, a través de ellos. Si estuviera cerrada, parecería que estuviera apuntándome. Estaba cabreado.
- ¡Na! ¡Estos cabrones tienen todo echado a perder! No queda ni un puñetero conejo en el monte. No hay más furtivos en este pueblo. Me dan ganas de... --pero no terminó la frase.
- Me ha mandado mama a por perrunillas -dije yo por cambiar de tema. Él seguía mirándome a través de los caños de la escopeta.
- ¿Hoy? ¡Tu madre está tonta, estará cerrado, como es normal, por San Blas!
- No, ya ha quedado con la Margarita, que las hizo ayer.
- ¡Bah! ¡El caso es molestar a la gente! Anda que...

No dejé que acabara la frase. Me fui. No me gustaba que hablara así de mi madre. Bajé corriendo las escaleras, haciéndolas sonar estrepitosamente. El abuelo estaría abajo. Siempre estaba allí, sentado en el saloncito de abajo, con un ojo puesto en la tele y el otro en la calle. La máquina de oxígeno hacía un ruido rítmico, artificial, urgente, como si un gran animal respirara fatigosamente justo antes de morir, intentando buscar la última bocanada de aire. Debe ser difícil acostumbrarse a convivir con ese sonido noche y día. Es como si la muerte te susurrara al oído continuamente que viene en tu busca, que no se olvida de ti, que nadie puede asegurarte el próximo aliento. Mi abuelo, sin embargo, decía que eran los suspiros de las mozas que se habían enamorado de él. Se había pasado toda la vida guardándolos y, ahora que los necesitaba, los estaba usando poco a poco para vivir.
Mi abuela murió muy joven. Yo no la conocí. Trabajaba en el campo de sol a sol y una simple rozadura del zapato, acabó por complicarse por no darle atención adecuada, -no había forma de mantener la herida limpia, si estabas todo el día cogiendo algodón. Herida. Algodón. Qué contradicción. La infección, --que hoy se hubiera curado con cualquier antibiótico-, terminó por gangrenarse y en menos de un mes, acabó por llevarse a mi abuela. Mi abuelo salió adelante con dos hijos y un sueldo de caminero que tampoco daba para gran cosa. Cuando mi madre se casó --en contra de la opinión de mi abuelo, que pensaba que mi padre era un golfo--, el día después de la boda, mi abuelo se cayó de una yegua y se perforó un pulmón con la estaca de un cercado. Con cincuenta y siete años se vio condenado de por vida a utilizar una máquina de oxígeno. Al principio, sólo por las noches, pero, a medida que iba envejeciendo, la necesitaba para todo. Era un aparatito que llevaba colgado al hombro siempre, parecido a un radiocasete mono de los de entonces. Ahora, con ochenta y cuatro años, aún con oxígeno era incapaz de dar un paso. Su vida se limitaba a ir en silla de ruedas de su habitación al saloncito y viceversa. Cambió varias veces el aparato del oxígeno, pero, curiosamente, todos ellos seguían pareciéndose muchísimo a un radiocasete de los que había entonces. Parece que el diseño no es tan importante en aquellos aparatos que son realmente importantes e indispensables para vivir. No es necesario hacer una campaña de marketing para las máquinas de oxígeno: se venderán las mismas.
Diez y veinticinco.
¡Hola abuelo! ¿Qué haces? -le dije dándole un beso en la mejilla.
- Aquí, hija, cherando, que hoy pasa la gente mu peripuesta y hay mucho forastero.
- Luego van a venir los primos a hacerse una foto con Miguel, el hijo de la
Mari.
- Ya lo sé, hija, vendrán ahora, a las diez y media. Me acaba de decir la vecina que ya están de camino.
- ¿A las diez y media? ¡Pero entonces no voy a poder estar! --protesté. ¡No me va a dar tiempo!
- ¡Que si, hija, que sí! Tú vete a por las perrunillas que ya verás como llegas...
- ¡Pero si tengo que ir hasta la Puerta Chica! ¡Cómo voy a llegar! No llego.
Además, -le pregunté intrigada--, ¿cómo sabes tú que voy a lo de las perrunillas?
- Me lo dijo anoche tu madre, que las tenía encargadas para hoy. ¡Venga -insistió-, que si has quedado ahora, no tienes que llegar tarde, eso está muy feo!
- Vale, -dije a regañadientes--, pero le dices a Lalo y a Antonio que se esperen.
- ¡Que sí, hija, que sí! ¡Hala, vete! Por cierto, ¿tu padre dónde está?
- Arriba, liado con la escopeta
- ¡Más valía que prestara más atención a otras cosas y no tanto a la escopeta! Si es que no me he ido antes de este mundo, porque no sé qué sería de tu madre con semejante garrulo. Desde luego, bien le dije que... En fin, me callaré--. Se llevó el puño a la boca y se mordió los nudillos-. ¿Y qué ha pasado arriba, que he oído un ruido?
- Na, creo que se ha roto un vaso.
- Un vaso, un vaso... Sí, seguro que ese ha roto un vaso.
- Bueno, abuelo, que me voy, que no llego.

Cuando salí de mi casa, mi vecina Mari, entraba. Debía de tener mucha prisa, porque ni siquiera reparó en mí. No era normal que me cruzara con ella y no dejara en mis carrillos una ración de pellizcos y besos; muchos besos seguidos y muy sonoros, de esos que sólo las vecinas saben darte.
¡Amelia, ya están aquí! --gritó la Mari avisando a mi madre. ¡Date prisa, mujer!
La oí cuchichear algo con mi madre, que bajó rápidamente. Mis primos, el hijo de la Mari y el otro chico, venían calle abajo, emocionados: la escopeta recién engalanada con su pañuelo rojo anudado en los caños, el preceptivo fajín a la cintura, casi completamente oculto por las dos cananas con cartuchos de fogueo que llevaba cada uno.
¡Esperadme, eh! -les dije a mis primos apresurando el paso, ahora vuelvo.
Desde el final de la calle, justo antes de doblar la esquina, vi a mi vecina, cámara en mano, colocando a los mozos y a mi madre para la foto. Cuando estuvo preparada, se llevó la cámara a la cara y comenzó la cuenta atrás, pausadamente, como para dar tiempo y en voz muy alta.
- ¡ Unaaa ... , dooooooooos y tres! Oí los disparos de lejos, ya desde la calle Derecha. Aflojé el paso, porque sabía que mis primos no esperarían lo suficiente para que me hiciera la foto con ellos. Llegué a la hora a la panadería, pero, extrañamente, Margarita no se presentó.
Mi padre murió en el preciso instante en que se hizo esa foto. Los disparos de los mozos se confundieron con el que mató a mi padre. Cuando volví de la panadería, mi calle estaba llena de gente. Todos me miraron con cara de pena. Llevaban escrito en la frente "pobre niña". Mi madre me recibió llorando y me dijo que esperara en casa de la vecina. Mientras la Mari me llevaba a su casa, oí a alguien que decía en voz baja que el abuelo había oído los disparos de fuera, pero uno dentro de casa. Lo han encontrado en medio de la escalera, casi asfixiado, intentando subir a ver qué había pasado. ¡Pobre hombre! -decía la chismosa del pueblo, en voz muy baja. ¡Una pena!
La muerte de mi padre se comentó mucho tiempo en el pueblo. En los mentideros habituales, se dijo de todo: unos dijeron que se suicidó, porque tenía deudas de juego y era mal pagador; otros aseguraron que tenía una amante en Perales, que lo habían visto varías veces por allí, saliendo de la casa de la mujer de un viajante con muy mala leche. No te extrañe que entrara por el huerto y se lo cargara -argumentaba uno en la puerta del Dólar. Los más viejos se lamentaban diciendo que no era la primera vez que alguien se pegaba un tiro limpiando la escopeta; ya se sabe que "de los confiados come el lobo y anda gordo". Luego, el tiempo lo borró todo. El tiempo siempre lo borra todo o casi. Pero las fotografías son los restos del naufragio de un pasado que conseguimos olvidar.
Mi madre miró la fotografía con calma, seria, como intentando no ver, no sentir, no recordar. Luego me miró, preguntándome con los ojos qué pensaba. Lentamente llevé mi dedo a una esquina de la fotografía, donde se veía parte de la puerta del salón de mi casa que daba al balcón. Dentro, se veía la rodilla de alguien sentado junto a la mesa del salón. Era mi padre. Mi dedo se detuvo en algo que había sobre el aparador, mientras interrogaba a mi madre con la mirada. Entonces mi madre supo que lo sabía. No me miró.
Tu padre era mu malo, hija. Mu malo. ¡No sabes cuánto! ¡Quiera dios que no te tengas que ver cómo me vi yo!
No dije nada. Me quedé mirando un buen rato al objeto de la cómoda. Cualquiera lo habría confundido con un radiocasete mono de los de entonces. Entendí entonces que cuando encontraron a mi abuelo en la escalera, no intentaba subir, sino bajar. No imagino de dónde pudo sacar las fuerzas para subir las escaleras, aunque un padre es capaz de hacer cualquier cosa por su hija.
Guardé silencio mucho tiempo, intentando hilvanar toda la historia. Yo era muy niña para entender, pero no lo suficiente para olvidar.
La Mari lo sabía, ¿no es cierto?
- Sí hija, sí. Nos convenció a tu abuelo y a mí. Ella lo organizó todo, yo no tenía fuerzas.


Fernando Gamero Duran


Desde 19/10/2009

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