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1º premio Relato Adultos

 

Recuerdos


Buenos días, Jorge. ¿Cómo te encuentras?

Estaba mareado, confundido, desubicado. Me costaba pronunciar palabra alguna.

Jorge-, volvió a repetir aquella voz, - Necesito que intentes seguir con los ojos este punto luminoso sin mover la cabeza.
Pasados unos segundos vuelvo a recordar. Sé dónde estoy.
Vamos a ver, Jorge, me gustaría que hicieras un esfuerzo y vuelvas la mente al pasado. ¿Cuál es el primer recuerdo que tienes? ¿Qué recuerdas exactamente de tu vida?

Me incorporé y me quedé sentado mirándolo fijamente. No podía ver mi cara pero seguro que reflejaba tristeza. Me sentía triste. Después de un par de minutos pensando dije:

¿Qué que recuerdo?

Recuerdo el día que conocí a Paloma. Sin duda el mejor día de mi vida. Estaba sentada en lo alto de una colina leyendo un libro bajo la sombra de un viejo olmo. Yo pasé por su lado. Iba caminando, absorto en mis pensamientos, con la mirada perdida. Sin quererlo tropecé con ella y entonces la vi. Tenía el pelo lacio, no muy largo, negro. Unos ojos color miel y una nariz menudita y respingona. Estaba sentada con las piernas cruzadas una sobre otra y con los pies descalzos. Llevaba una gorra color crema que le tapaba hasta la mitad del flequillo.

Perdona, no te había visto, me disculpé
Y entonces me sonrió. Podría parar el reloj de la vida cada vez que la veo sonreír. Sus mejillas se iluminan y sus ojos se empañan, al tiempo que se entrecierran. No podía dejar de mirarla. Estaba radiante.
Ese día, en esa colina, supe que acababa de conocer al ser más hermoso de la naturaleza. Después de tres años de relación, le pedí que se casara conmigo y le prometí que la miraría todos los días como la vi cuando nos conocimos.

Recuerdo el día que me ofrecieron cambiar de trabajo. Fue hace seis años exactamente. Cuando me llegó la carta en la que me decían que yo reunía el perfil que andaban buscando y que estaban muy interesados en que me incorporara de inmediato. No me lo podía creer. Fueron incontables las veces que pude leer aquel escrito. Los laboratorios de investigación privados más importantes del país querían contratarme. Triplicaban el salario que ganaba en mi anterior trabajo, me regalaban una casa en una urbanización próxima al complejo de investigación y me hacían un contrato indefinido desde el primer día.

Paloma y yo salimos a celebrarlo por todo lo alto cenando en un restaurante de esos que hasta ahora no nos habíamos podido permitir.

Recuerdo el viaje que hicimos a Escocia. De siempre había querido visitar aquel país y por fin lo había conseguido. El día que nos adentramos en las highlands, o tierras altas, y comencé a ver con mis propios ojos aquellos paisajes que hasta entonces solo había visto en fotografías o televisión me sentí feliz. Me senté en una piedra en la orilla del lago Ness y me quedé allí tres cuartos de hora mirando todo lo que me rodeaba. Escuchando el sonido del silencio, de la naturaleza, de la paz y de la tranquilidad en estado puro.

Ese viaje le hice prometer a Paloma que si algún día podíamos permitírnoslo nos compraríamos una casa en aquellas tierras escocesas y así, juntos, poder dar todos los días largos paseo mientras disfrutábamos de la visión de los lagos, ríos, colinas y bosques.

Recuerdo el día en que nació mi hijo Alejandro. Después de mucho suplicar, conseguí que una malhumorada matrona me permitiera permanecer junto a mi mujer durante el parto. Aún soy incapaz de expresar con una palabra conocida lo que sentí en el momento en que lo oí llorar por primera vez mientras una enfermera lo lavaba. Luego se lo pusieron a Paloma sobre el pecho. Yo me acerqué y con uno de mis dedos le cogí su diminuta mano. No pude evitar romper a llorar como un niño, nunca mejor dicho, ya que mi hijo comenzó a llorar de nuevo conmigo.

Recuerdo el lunes de hace dos semanas. No me correspondía a mí realizar esa prueba pero mi compañero de laboratorio me pidió el favor de que lo sustituyera porque estaba en pleno proceso de divorcio y tenía una vista en el juzgado. No me negué a pesar de que nunca había trabajado ese tipo de mezclas y aún no me había dado tiempo a estudiar las reacciones posibles.

Paloma se enfadó ya que esa era mi semana de vacaciones y ella también había pedido unos días libres en el trabajo. Habíamos reservado un hotelito en la costa levantina e íbamos a aprovechar estos calurosos días del mes de julio para disfrutar de playa y buen tiempo. Desde muy pequeñito a Alejandro le encanta jugar en la arena con su cubo y su pala y ahora que ya tiene cuatro añitos me tiro a su lado y juntos hacemos castillos gigantes y enormes piscinas. Luego me siento a unos metros y dejo pasar las horas viendo como se ríe, como juega en la orilla con las olas y como disfruta.

Recuerdo el accidente.

Recuerdo el momento exacto en que me dijiste que las lesiones eran muy importantes y que jamás volvería a ver. Paloma lloraba desconsolada junto a mi cama mientras me decía que no me preocupara por nada, que ella se encargaría de todo, que me cuidaría y me mimaría el resto de nuestras vidas.

Recuerdo la sensación de angustia inicial.

La vida continúa y yo siempre tendré mis recuerdos.

A través de ellos sentiré el esplendor de las tierras de Escocia, contemplaré cada día la belleza de Paloma y podré ver a mi hijo como sigue jugando con la arena.

Miguel Sánchez Juaneda




Desde 19/10/2009

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